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miércoles, 12 de mayo de 2010

ETICA SOCIAL PARA PERSONAS MAYORES


Aquí presentamos como la vejez es una construcción social a lo largo de la historia y de las diversas teorías sociológicas y psicológicas aparecidas sobre este tema, para hacer hincapié en la necesidad de una nueva ética social que contrarreste los efectos de una sociedad hedonista, consumista y apegada a la juventud como referente vital.


Es de sobra conocida la importancia que la familia como institución tiene para el ser
humano desde su nacimiento por cuanto cubre en sus primeras etapas, al menos, las
necesidades materiales y siempre le provee de parte de su identidad y de bienestar psíquico a través de los lazos afectivos que genera. No obstante, no en todos los casos es así y desde luego, desde mediados del siglo XX se han venido produciendo cambios con rapidez en cuanto a la estructura familiar, sus funciones y los roles a desarrollar dentro de ella, especialmente esto último en lo que se refiere a los ancianos que son llamados a un tipo de integración. Aunque no la única, una de las causas fundamentales que han llevado a estos cambios ha sido la transformación demográfica que se ha producido, fundamentalmente en los países desarrollados, con especial incidencia en Europa. Esta transformación se ha definido de forma mayoritaria como un proceso que ha conllevado tres fases; las revoluciones agrícolas con excedente de producción supusieron que era mayor el número de personas que podían ser alimentadas lo que favoreció en gran parte el aumento de la natalidad aunque persistía un índice de mortalidad muy alto, especialmente en lo relacionado con la mortalidad infantil. La segunda fase surge como resultado de los avances en el campo de la medicina y la higiene, lo que provoca una importante bajada en los índices de mortalidad, manteniéndose altas las tasas de natalidad. El tercer periodo supone un decremento importante tanto en las tasas de
natalidad como en las de mortalidad, lo que ha sucedido en la segunda mitad del siglo XX, si bien como dijimos únicamente en los países con mayor desarrollo económico y social.
España, aunque con retraso, se unió al grupo de países que han sufrido esta modificación demográfica, llegando a situarse en los años noventa en el primer lugar por lo que hace referencia a su natalidad, siendo la más baja del mundo junto con Italia. Curiosamente, dos de los países con mayor influencia de la Iglesia Católica. España llegó a reducir su tasa de fecundidad muy por debajo de la necesaria para el reemplazo generacional, lo que sin embargo no llegó a situarnos en las más altas tasas de envejecimiento que estaban ofreciendo otros países europeos, ni se realizó al mismo ritmo en todas las comunidades del país. La propia historia española del mismo siglo XX y las condiciones económicas, sociales y políticas peculiares del pueblo español supusieron que el envejecimiento no fuese preocupante, por lo que podía suponer de desequilibrio demográfico. Tanto la guerra civil como la emigración exterior redujeron en parte el posible envejecimiento poblacional. En la actualidad, otro de los factores a tener en cuenta en demografía, la inmigración está suponiendo un cambio importante al aumentar los efectivos de personas jóvenes y la tasa de fecundidad española. No obstante, la posibilidad de que aumenten las cohortes de la tercera y cuarta edad sigue siendo grande, incrementada con la inmigración de europeos integrados en esas cohortes que están eligiendo España como lugar de retiro para pasar los últimos años de su vida.
Al margen de la demografía, debemos recordar que la vejez como contenido y significante no deja de representar una construcción social, observando como la cultura
occidental en un narcisismo e individualismo, en muchos casos desmedido, plantea una visión negativa de la vejez (el viejismo del que habla SALVARELLA: 1998) en su afán por negar lo que entiende que conlleva y el ser humano moderno no quiere aceptar: decline de facultades, ocaso físico, enfermedad y muerte. Una sociedad entregada al culto al cuerpo, al triunfo a la competitividad y al consumo, no ve de buen grado todo lo que le recuerde sus etapas posteriores en cuanto ser humano en un alarde de frivolidad, olvidando que la muerte comienza con el nacimiento, y la creatividad nunca termina si se aceptan las limitaciones de la edad y se adaptan las potencialidades a nuevos roles. Ciertamente nuestra sociedad ha cargado a la vejez de prejuicios negativos y le ha privado de roles ancestrales como fueron el mantenimiento de la tradición y la reserva del saber, en parte fruto de lo que Margaret Mead considera el triunfo de la familia prefigurativa (MEAD: 1971), en la que el conocimiento se traslada a los más jóvenes, como consecuencia de una crisis social en la que el hombre pierde confianza en la religión, la ciencia y las ideologías careciendo de seguridad. En este caso la seguridad sólo puede venir por el triunfo, lugar en el que no hay cabida para el anciano y que desde el punto de vista psicoanalítico se situaría su origen en el nacimiento de la Modernidad, con la aparición del individualismo y la muerte del padre todopoderoso. Históricamente la actitud de las comunidades ante la vejez ha pasado por vicisitudes diversas. Si bien poco se sabe de las sociedades prehistóricas, donde debieron de existir pocos ancianos por las dificultades que implicaba la vida cotidiana, si es cierto que las culturas orientales han solido guardar y mantener una visión positiva y de veneración a la ancianidad que ha alcanzado incluso a la mujer de edad, aunque sólo sea por su papel de intermediaria entre generaciones.
Esto mismo ocurrió incluso en la Europa precristiana donde la mujer vieja oficiaba rituales y realizaba tareas de educación y sanación como representante humana de la diosa madre en su época de mayor sabiduría. Todo ello viene abajo como consecuencia de la implantación de culturas patriarcales que invocan la sumisión para la mujer, quedando ésta relegada y profundamente despreciada en la última etapa de su vida por haber perdido el único valor que se le concedía, la capacidad de ser madre. La mujer que supera la menopausia pierde incluso la posibilidad de ser objeto de atracción erótica en culturas fuertemente masculinizadas, con lo que se le niega toda capacidad de valerse por sí misma, siendo exclusivamente valorada por su capacidad de sacrificio en pos de los demás. Tanto ha sido así, que las mujeres que osaron alzar la voz públicamente en los últimos siglos, no solo eran poco numerosas y sí privilegiadas,

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